Por: Briana Marbury, directora y CEO de Interledger
El dinero, tal como lo conocemos, está viviendo un momento de evolución. Lo que antes operaba como un sistema fragmentado ahora puede transformarse en una red abierta de transferencias tan universales como el Internet, donde enviar pagos digitales sea tan fácil como mandar un correo electrónico. La pregunta es: ¿estamos listos para un sistema de pagos interoperable, universal y abierto?
Debemos reconocer que el actual sistema financiero representa un alto costo para los clientes: operaciones más caras, transferencias internacionales lentas y, lo peor, millones de personas que no pueden acceder a sus servicios por los propios límites que se impone la banca tradicional y la limitada infraestructura digital.
Por ejemplo, sabemos que a nivel mundial, 21% de los adultos no tiene una cuenta en un banco o institución similar. En América Latina y el Caribe, esa cifra se eleva a 63% (estudio The Global Findex 2025). En México, la cifra oficial es de 23.5% (ENIF 2024).
En un contexto donde México y América Latina son grandes captadores de remesas, los bancos juegan un papel en contra, ya que al exigir la apertura de cuentas de ahorro y el mantenimiento de un saldo mínimo para evitar comisiones, generan barreras innecesarias que limitan el acceso a las remesas y a otros recursos de los que dependen millones de personas.
En muchas ocasiones, los clientes buscan alternativas para recibir o guardar su dinero, lo cual suele resultar muy costoso debido a la intervención de múltiples intermediarios. Sin embargo, la interoperabilidad ofrece una solución que puede eliminar estos obstáculos y liberar todo el potencial del flujo de dinero en la región. Al utilizar tecnología abierta y diseñar sistemas financieros con interoperabilidad en mente, es posible habilitar un ecosistema inclusivo y sin fricciones.
Es por ello que en este momento tenemos en nuestras manos la oportunidad de realizar un cambio profundo en toda la región de América Latina y el Caribe, aprendiendo de los países que ya han avanzado en este camino. Brasil, por ejemplo, ha demostrado con Pix cómo un empuje regulatorio combinado con tecnología interoperable puede transformar el acceso a los pagos digitales. Por el contrario, en México la ausencia de estándares compartidos y la obligatoriedad de contar con una cuenta bancaria han frenado la adopción de enfoques similares.
Un caso exitoso es PIX, un sistema de transferencias bancarias creado por el Banco Central de Brasil a finales de 2020: está vinculado a más de 700 instituciones financieras del país, permite realizar pagos y cobros inmediatos (24/7) y elimina la necesidad de tarjetas de crédito o débito para compras o cambios de divisa, reduciendo costos y agilizando transacciones.
En Argentina existe Transferencias 3.0 que habilita pagos interoperables vía códigos QR. México cuenta con CoDi, una plataforma de pagos digitales del Banco de México, aunque es necesario tener una cuenta bancaria, lo que afecta directamente a quienes reciben dinero del extranjero. Estas diferencias ilustran cómo, a pesar de contar con la tecnología, el diseño de los sistemas puede fomentar la inclusión o reforzar las barreras existentes, mostrando por qué urge establecer estándares de interoperabilidad regionales.
Estos casos muestran que la tecnología existe y funciona, pero considero que el verdadero obstáculo para implementar la interoperabilidad en toda América Latina es la ausencia de estándares regulatorios comunes entre los países, bancos, fintechs y billeteras digitales. Mientras cada sistema imponga sus propias reglas y protocolos cerrados, los pagos seguirán siendo lentos, fragmentados y costosos, lo que sofoca la innovación y deja a millones de personas fuera del sistema. Jugadores globales como PayPal han demostrado que es posible integrar soluciones locales con innovación global, pero sin un marco regional el impacto será siempre limitado.
En mi experiencia en Interledger, la interoperabilidad debe tratarse como un imperativo estratégico, no solo por reducir costos o acelerar transacciones, sino porque sienta las bases para un crecimiento inclusivo, ecosistemas transparentes y una competencia justa. Es la piedra angular de un mercado financiero verdaderamente moderno, uno donde América Latina puede marcar el ritmo en lugar de seguirlo.
La interoperabilidad no es un lujo tecnológico, es la base para que millones de personas puedan acceder al dinero de forma justa y eficiente. Así como la red global democratizó la información, un ecosistema abierto de pagos puede democratizar el acceso al dinero y reducir costos. Quienes lideren su implementación determinarán el futuro de los servicios financieros y la vida de millones de personas, para bien o para mal.
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