Por: Anasofía Sánchez, Country Manager de Audible en México
Cada septiembre, México se llena de símbolos. Los colores de la bandera aparecen por todas partes, las calles se visten de verde, blanco y rojo, recuperamos canciones, platillos, historias y personajes que forman parte de nuestra identidad. Durante unas semanas, la conversación pública se llena de referencias a aquello que nos hace mexicanos.
Pero hay un elemento de nuestra cultura que pocas veces incluimos en esa lista: Lo que escuchamos. Para entenderlo, vale la pena mirar hacia atrás. Durante buena parte de nuestra historia, el acceso a los libros estuvo limitado a quienes sabían leer y podían conseguirlos. Por lo tanto, para la mayoría, las historias y el conocimiento llegaban a través de la voz: los corridos nacieron como crónica cantada para un pueblo que necesitaba conocer su propia historia; y las radionovelas demostraron que podían construir mundos enteros en la imaginación de millones.
En México, la literatura fue, entonces, antes que nada, un acto de escucha. Desde esa perspectiva, el audiolibro no es la recuperación de esa tradición, sino una puerta de entrada para quienes no tienen tiempo o disposición para leer en formatos tradicionales, pero llevan en el oído la costumbre de aprender a través de la voz.
Hoy, los sonidos que nos definen “El gaaaas”, “Se compraaaan colchoneeeesss….”, “Hay tamales oaxaqueños, tamales calientitos…”, el silbato del afilador, las campanas de una iglesia, o un organillero, conviven con estas nuevas formas de escucha. Todos cuentan algo sobre el lugar que habitamos y sobre una verdad que a veces olvidamos: que en México, la palabra hablada siempre ha sido nuestra primera forma de literatura.
El compositor canadiense R. Murray Schafer llamó “paisaje sonoro” al conjunto de sonidos que caracteriza un lugar y le da identidad. Desde esta perspectiva, escuchar también es una manera de conocer una sociedad: los sonidos que producimos, reconocemos y conservamos hablan de cómo vivimos, de qué compartimos y de cómo ha cambiado nuestro entorno.
En México, ese paisaje sonoro tiene una historia particularmente rica. Mucho antes de la radio, los podcasts o los audiolibros, el sonido ya cumplía funciones sociales, ceremoniales y comunitarias. Después llegaron los pregones, las campanas, los mercados, los músicos callejeros y las voces que anunciaban productos o acontecimientos. Con la radio aparecieron nuevas formas de imaginar: las radionovelas demostraron que una voz, una pausa, una melodía y algunos efectos podían construir personajes y lugares completos en la mente de quien escuchaba.
Cada generación, en ese sentido, escucha un México distinto. Los sonidos cambian conforme cambian las ciudades, las costumbres y la tecnología, pero hay algo que permanece: nuestra capacidad de asociar un sonido con un lugar, una persona o un momento.
Todos hemos experimentado ese instante en el que una canción, una voz o una melodía nos transporta de inmediato a otro momento de nuestra vida. A veces basta con unos segundos. El sonido tiene una relación particularmente poderosa con la memoria porque no necesita mostrarnos aquello que recuerda. Puede sugerirlo y dejar que nuestra mente haga el resto, pues no siempre nos entrega una realidad terminada; muchas veces nos da elementos para que nuestra imaginación la construya.
Y la tecnología está llevando esa capacidad mucho más lejos. Desde Audible hemos visto cómo las posibilidades de la producción sonora permiten que el audio se convierta en una herramienta para construir espacios, recrear épocas y atmósferas que rodean a las historias.
Un ejemplo es Distrito de Espías, una producción de Audible que combina un thriller político y documental histórico que explora la operación secreta ocurrida en México de 1959. A través una narrativa sonora, la producción logra recrear un Distrito Federal con sonidos propios de distintas zonas de la capital, voces y ambientes que te transportan a un escenario ubicado en 1959 que te envuelve y te hace parte de la historia.
El objetivo no es solamente hacer que una historia “suene antigua”. Es reconstruir el paisaje sonoro de un momento histórico y utilizarlo como parte de la narrativa. De pronto, una voz o una melodía que pertenece a otra época puede convertirse en una especie de cápsula de tiempo: un sonido que ya no forma parte de nuestra vida cotidiana, pero que puede volver a existir dentro de una historia.
La tecnología hace posible algo que durante mucho tiempo parecía propio de la ciencia ficción: atravesar los límites del espacio y del tiempo a través del oído.
Podemos escuchar una voz grabada a miles de kilómetros de distancia. Podemos reconstruir el ambiente de una ciudad que ya cambió. Podemos recuperar sonidos que dejaron de existir en nuestro entorno cotidiano. Y con tecnologías como el audio espacial, podemos incluso colocar diferentes elementos sonoros alrededor del oyente para construir la sensación de estar dentro de una escena.
Durante siglos, el paisaje sonoro fue algo que simplemente habitábamos. Hoy podemos capturarlo, preservarlo, recrearlo y diseñarlo.
Eso cambia también nuestra relación con las historias. Ya no se trata únicamente de escuchar lo que alguien cuenta, sino de crear las condiciones para que nuestra imaginación complete aquello que no podemos ver.
Quizá por eso la evolución tecnológica del audio resulta tan fascinante. No consiste solamente en reproducir sonidos con mayor fidelidad. Consiste en ampliar nuestra capacidad de viajar sin movernos: visitar otras épocas, recorrer otros lugares y entrar en mundos que existen únicamente en la imaginación.
México no está descubriendo el audio. Lleva siglos construyendo su identidad a través de él. Lo que ha cambiado son las herramientas. Para los que trabajamos desde Audible para crear nuevas formas de contar historias a través del sonido, esa evolución abre la posibilidad de recuperar, preservar y reinterpretar parte de la memoria sonora como audiencia.
Y si cada generación escucha un México distinto, quizá una de las posibilidades más interesantes de la tecnología sea que podemos conservar esos paisajes sonoros, reconstruir los que ya desaparecieron y crear otros completamente nuevos.
Podemos escuchar el pasado. Podemos imaginar el futuro.
Y, por un momento, habitar ambos.









