Por Jessica Quaglia, Gerente General en América Virtual
En 1882 empezó a funcionar en Nueva York una de las primeras centrales eléctricas comerciales.
La electricidad llegó a las casas antes que muchas de las normas y protecciones que hoy hacen que podamos enchufar un secador de pelo sin preguntarnos seriamente si vamos a sobrevivir al peinado.
Las reglas fueron llegando después.
En parte, porque empezaron a aparecer las consecuencias. Incendios, instalaciones inseguras, accidentes. Fuimos entendiendo los riesgos y construyendo protecciones alrededor de ellos.
Primero usamos la tecnología. Después aprendimos a hacerla más segura.
Pensé en esto leyendo la discusión que se está dando estos días alrededor de la inteligencia artificial.
El investigador de IA Jacob Coxon, que trabajó en OpenAI y luego en Anthropic, una de las compañías que desarrolla los modelos de IA más avanzados, renunció. Su argumento es bastante inquietante: quienes están desarrollando los modelos más avanzados conocen los riesgos, pero están atrapados en una carrera por llegar primero.
Evan Hubinger, investigador de seguridad y alineamiento de IA que continúa trabajando en Anthropic, fue todavía más lejos: ubicó su estimación personal de la probabilidad de que la IA provoque la extinción humana en la próxima década por encima del 10%.
No tengo elementos para saber si ese número es correcto.
Y tampoco tenemos hoy evidencia para afirmar que la IA vaya a terminar con la humanidad. De hecho, hay especialistas que cuestionan fuertemente las predicciones más apocalípticas.
Pero tampoco me parece razonable escuchar a personas que trabajan directamente en estos sistemas advertir sobre riesgos de esta magnitud y responder simplemente que están exagerando.
Sam Altman, CEO de OpenAI —la compañía detrás de ChatGPT— dijo estos días algo que resume bastante bien la incomodidad: “el mundo tiene razón en tener miedo”.
Quizás entonces la discusión no sea si tenemos o no que tener miedo, sino qué hacemos con él.
Porque una cosa es el miedo que te hace levantar el pie para tomar mejor una curva. Otra es el que hace que ni siquiera te subas al auto.
Y mientras discutimos eso, la carrera sigue.
El International AI Safety Report 2026 le puso un nombre bastante preciso a parte del problema: “evidence dilemma”.

Las capacidades de la IA avanzan rápido, mientras que la evidencia sobre algunos de sus riesgos tarda más en aparecer y no siempre es fácil de evaluar.
Si esperamos a tener evidencia concluyente para construir protecciones, quizás cuando llegue estemos intentando regular una tecnología que ya quedó varias versiones atrás.
Pero tampoco parece muy sensato tratar cada escenario posible como una certeza y frenar todo hasta nuevo aviso.
Ahí es donde la comparación con la electricidad empieza a quedarme corta.
La electricidad también avanzó antes que su regulación, pero lo hizo a otra velocidad. Para llevarla a una ciudad había que construir centrales, tender cables, conectar edificios. Hubo tiempo para descubrir —muchas veces de la peor manera— qué podía salir mal y construir estándares y protecciones.
Con la IA estamos haciendo muchas de esas cosas al mismo tiempo: usamos la tecnología, descubrimos nuevas capacidades, intentamos entender sus riesgos y diseñamos protecciones mientras la siguiente generación ya está en desarrollo.
Y encima hay una carrera.
Porque incluso si una compañía llega a la conclusión de que sería prudente desacelerar, aparece inmediatamente una pregunta bastante incómoda:
¿Qué pasa si yo freno y el otro no?
Si bajo la velocidad mientras mi competidor sigue acelerando, quizás él llegue primero.
Y si todos pensamos así, nadie quiere ser el primero en levantar el pie.
Por eso cada vez me interesa menos la discusión reducida a optimistas contra apocalípticos.
Hay otra conversación, bastante menos cinematográfica, que necesitamos tener mientras tanto.
¿Qué tiene que pasar para que dejemos de discutir los riesgos de la IA como hipótesis y empecemos a construir protecciones como infraestructura?
Tenemos que aprender a convivir con una tecnología que ya está acá y que puede generar oportunidades enormes.
Pero avanzar no necesariamente significa acelerar sin mirar.
Con la electricidad pudimos aprender de muchos errores.
No sé si deberíamos dar por sentado que con todas las tecnologías vamos a tener siempre ese lujo.









