Por: Cristina Hernández, Directora General de Scitum.
En ciberseguridad competimos contra adversarios que escalan capacidades con velocidad exponencial. La automatización del ataque, el uso de IA generativa en la fase de reconocimiento y el fraude digital cada vez más sofisticado exigen equipos capaces de anticiparse, contener y recuperarse.
Sin embargo, en la industria operamos con una brecha importante en cuanto a talento que, de acuerdo con datos compartidos por ISC2 y otras organizaciones expertas, alcanza alrededor de 5 millones de profesionales, al mismo tiempo que el promedio de mujeres en ciberseguridad apenas alcanza alrededor del 25% global y que hasta 16% de los equipos carece de presencia femenina.
Estos datos reflejan una realidad que cada vez es menos sostenible, pues aunque parezca sencillo, implica también un riesgo operativo que deberíamos cerrar con la misma disciplina que gestionamos cualquier amenaza.
En nuestro sector y en ningún otro, la discusión sobre diversidad debe ir más allá de la retórica. Los equipos que integran distintas perspectivas detectan mejor los patrones débiles, cuestionan supuestos y reducen sesgos en la toma de decisiones; además, los programas formales de mentoría y patrocinio se vinculan con mayor retención y aceleración de carrera para las mujeres. No lo decimos sólo por convicción: lo muestran los datos y las mejores prácticas.
La evidencia también señala dónde pueden estar los problemas. En su State of Inclusion Benchmark, WiCyS (Women in Cybersecurity) documentó experiencias de exclusión hasta dos veces más altas en mujeres frente a hombres, con un claro impacto directo en satisfacción y desempeño laboral, y mostró que las organizaciones que invierten en inclusión reportan mayor satisfacción laboral y menos fricción cotidiana.
Esto se alinea con otros hallazgos de ISC2: cuando hay políticas claras de equidad, mentoría y desarrollo, las mujeres muestran niveles de compromiso más altos y transitan con mayor fluidez hacia roles de liderazgo.
Impulsar a las mujeres desde tempranas edades en STEM no solo es una cuestión de equidad, es una inversión en innovación, resiliencia y seguridad digital para toda la sociedad.
Hoy, el enfoque de la inclusión y equidad en nuestra industria debe estar en ir de la narrativa a la acción y centrar nuestras conversaciones sobre el papel del talento femenino y el desarrollo de capacidades concretas que aporten a la protección de redes, aplicaciones infraestructura, datos, identidades, nube, OT e IA.
La ciberseguridad en las organizaciones también requiere de una visión incluyente dentro de una estrategia integral que proteja cada decisión tomada. Y ahí es donde la aportación de las mujeres es fundamental, pues evolucionar no se trata únicamente de añadir más tecnología. El talento humano es y seguirá siendo un elemento clave en nuestra actividad. Por lo tanto, el incluir más mujeres también debe ser una decisión de negocio.
Cerrar la brecha no debe ser un esfuerzo aislado de algunas empresas. Si la industria aspira a cerrar la brecha de talento y elevar el nivel de defensa, necesita equipos con la diversidad de pensamiento que sólo se logra cuando rompemos las barreras que aún persisten, y pasar de ser un gesto simbólico a una gestión activa del riesgo con innovación y la ventaja competitiva que sólo la equidad e inclusión pueden aportar. El tiempo de actuar es ahora.