Por: Leyla Bilge, directora global de Investigación de Estafas, Gen Digital
La tecnología no es neutral. Los sistemas que creamos, los datos con los que entrenamos los modelos y las decisiones que incorporamos en los algoritmos reflejan las perspectivas de quienes los diseñan. En la ciberseguridad y la investigación de estafas, esta realidad se hace especialmente evidente. La forma en que detectamos las amenazas, priorizamos los riesgos y diseñamos los mecanismos de protección afecta directamente a millones de personas que navegan por un entorno digital cada vez más complejo.
Por esta razón, el debate sobre las mujeres en la tecnología no se limita a la representación. También se trata de crear sistemas mejores e imparciales.
Durante dos décadas, he trabajado en áreas como la detección de malware basado en DNS, el rastreo de botnets, el análisis de riesgos cibernéticos, el rastreo en línea, la privacidad, los modelos de aprendizaje automático para la detección de amenazas, las tecnologías contra las estafas y, ahora, la seguridad de la IA. En cada uno de estos campos, es esencial tener un profundo conocimiento técnico. La precisión es importante. Pero la perspectiva también lo es.
Las estafas y las amenazas digitales son problemas profundamente humanos. Hacen uso de la psicología: nuestro comportamiento, la confianza, el sentido de la urgencia y el miedo. Para detectarlas a gran escala, recurrimos a canales de procesamiento de datos, sistemas de reputación y una infraestructura tecnológica desarrollada a lo largo de 40 años, para impulsar motores avanzados de detección y clasificación. Cada vez más, también utilizamos inteligencia artificial capaz de identificar tácticas de manipulación sutiles y muy sofisticadas. Sin embargo, detrás de cada tecnología hay una historia humana. Y detrás de cada campaña fraudulenta hay una estrategia deliberada diseñada para explotar vulnerabilidades específicas en nuestra forma de pensar, decidir y confiar.
Los equipos diversos están mejor equipados para comprender estos matices
Cuando más mujeres participan en el diseño de sistemas de detección, modelos de entrenamiento y análisis de patrones de amenazas, se amplía la gama de perspectivas involucradas en el proceso. Esto puede ayudar a los equipos a plantear preguntas adicionales al examinar los datos y los comportamientos en línea: ¿Qué señales podríamos estar pasando por alto? ¿Qué comportamientos de los usuarios están infrarrepresentados en nuestros datos? ¿Cómo podrían afectar ciertas estafas a diferentes grupos de diferentes maneras? En lugar de sustituir el rigor técnico, este tipo de preguntas lo refuerzan.
En el campo de la investigación sobre estafas, el trabajo suele consistir en analizar diferentes elementos de la infraestructura utilizada por los ciberdelincuentes, como dominios maliciosos, redes de distribución de malware o sitios web falsos diseñados para engañar a los usuarios. Sin embargo, para comprender estas amenazas también es necesario observar cómo operan en la práctica y a quiénes afectan con mayor frecuencia. Las estafas como el fraude romántico, el fraude de inversiones o los esquemas de suplantación de identidad muestran cómo los ciberdelincuentes adaptan sus tácticas a diferentes contextos y públicos. Analizar estos patrones requiere combinar los conocimientos técnicos con una comprensión clara de cómo interactúan las personas con el entorno digital.
Este punto cobra aún más relevancia en el contexto actual de la inteligencia artificial. A medida que las estafas basadas en la IA se vuelven más sofisticadas – desde llamadas de voz clonadas hasta mensajes de phishing, cada vez más convincentes- los equipos de ciberseguridad deben adaptarse rápidamente. Para comprender cómo evolucionan estas amenazas es necesario combinar herramientas técnicas con una perspectiva más amplia sobre cómo interactúan las personas con la tecnología y cómo los ciberdelincuentes explotan esos comportamientos.
En la práctica, esto significa analizar grandes volúmenes de datos, identificar patrones y desarrollar mecanismos que ayuden a anticipar nuevas tácticas de fraude. La integración de diferentes perspectivas en estos procesos puede ayudar a detectar señales que, de otro modo, pasarían desapercibidas y contribuir a crear sistemas de protección más sólidos.
En este contexto, animar a más mujeres a desempeñar funciones técnicas especializadas, como la seguridad de sistemas, el análisis de redes, la investigación en IA, la ciencia de datos o la inteligencia sobre amenazas, también contribuye a reforzar el desarrollo de este campo.
Ampliar la participación de las mujeres en el ámbito tecnológico también implica reforzar las vías de formación y desarrollo profesional dentro del sector. La ciberseguridad abarca múltiples disciplinas, desde el análisis de datos hasta la investigación de amenazas y el desarrollo de sistemas, lo que requiere habilidades analíticas, curiosidad técnica y capacidad para resolver problemas complejos. Crear más oportunidades para que las mujeres accedan y crezcan dentro de estas áreas ayuda a construir un ecosistema tecnológico más sólido y diverso.
También es importante reconocer la amplia gama de campos técnicos que abarca la ciberseguridad. No se trata de una única especialidad: el campo incluye áreas como la ingeniería inversa, la ciencia de datos, el análisis de protocolos y la investigación de amenazas, entre muchas otras. Para muchas mujeres interesadas en la tecnología, esto significa que hay múltiples formas de contribuir, ya sea a través del análisis de amenazas, el desarrollo de sistemas de detección o la investigación de nuevas formas de defensa digital.
A lo largo de mi carrera en la investigación académica y aplicada, desde el estudio de las redes de bots hasta el análisis de infraestructuras de estafa a gran escala, he trabajado en el desarrollo de herramientas destinadas a transformar señales técnicas complejas en mecanismos de protección para los usuarios. Cada dominio malicioso bloqueado, cada red fraudulenta desarticulada y cada herramienta de concienciación implementada representan un impacto tangible para las personas que dependen del entorno digital.
La tecnología es una de las herramientas más poderosas que tenemos para reducir el daño a escala global. Pero para aprovechar todo su potencial, los equipos que la desarrollan deben ser tan diversos y multidimensionales como los retos a los que se enfrentan.
Las mujeres deben estar presentes en todos los niveles de la tecnología, desde el análisis de paquetes de red hasta el entrenamiento de modelos de inteligencia artificial, desde la investigación de amenazas hasta el diseño de arquitecturas defensivas, no sólo como una cuestión de representación, sino porque una mayor diversidad de perspectivas puede ayudar a fortalecer la detección, mejorar la resiliencia y contribuir a la construcción de un ecosistema digital más seguro para todos.
El futuro de la ciberseguridad estará determinado por quienes lo construyan. Cuantas más perspectivas formen parte de ese esfuerzo, más sólidos y protectores serán los sistemas que diseñemos.
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