Por María Eugenia Cossini, Especialista en innovación educativa, Educadora, Conferencista y Autora.
¿Sabías que uno de los momentos en los que más trabaja tu cerebro es cuando, aparentemente, no está haciendo nada?
Durante años, los neurocientíficos creyeron que, cuando dejábamos de prestar atención a una tarea, el cerebro simplemente “entraba en reposo”. Hoy saben que ocurre exactamente lo contrario. En esos momentos de pausa se activa una red fascinante llamada Default Mode Network, o Red Neuronal por Defecto. A mí me gusta pensar en ella como el “taller secreto” del cerebro. Mientras nosotros sentimos que estamos perdiendo el tiempo, él conecta ideas, organiza recuerdos, procesa emociones, imagina escenarios futuros y encuentra relaciones entre cosas que hasta ese momento parecían no tener ninguna conexión.
Dicho de otra manera: muchas de nuestras mejores ideas no aparecen cuando consumimos más información. Aparecen cuando dejamos de consumirla.
Y ahí es donde empieza el problema.
La era del pensamiento interrumpido
Vivimos convencidos de que pensar ocurre mientras hacemos cosas. Mientras respondemos mensajes, escuchamos un podcast, revisamos Instagram, cambiamos de una pestaña a otra o aprovechamos cada segundo “libre” para consumir algún contenido. Pero quizás nunca en la historia pensamos sobre tantas cosas… y tan poco sobre una sola.
Vivimos en la era del pensamiento interrumpido. Empezamos una nota y aparece una notificación. Contestamos un mensaje y miramos un video. Mientras vemos el video respondemos un mail. En el medio llega un WhatsApp. Después volvemos a la nota… o creemos que volvemos. El problema no es que nos distraemos. El problema es que ya no permanecemos el tiempo suficiente dentro de una idea para que aparezca un pensamiento original.
El mito de la multitarea
Durante años hablamos de la multitarea como si fuera una habilidad del futuro. Hoy la neurociencia muestra exactamente lo contrario. La corteza prefrontal —la región del cerebro que nos permite concentrarnos, planificar, resolver problemas y tomar decisiones— no hace varias tareas complejas al mismo tiempo. Lo que hace es cambiar constantemente de una tarea a otra. Ese cambio permanente tiene un costo: consume más energía, aumenta la fatiga mental, incrementa los errores y reduce la profundidad con la que procesamos la información. No estamos haciendo más cosas. Estamos interrumpiendo más pensamientos.
El valor del silencio y el aburrimiento
Y, sin embargo, seguimos llenando cada pausa. El silencio tiene mala fama. Lo asociamos con aburrimiento, con pérdida de tiempo o con momentos incómodos. Apenas se produce un instante de silencio en un ascensor sacamos el teléfono. Esperamos un café mirando una pantalla. Caminamos escuchando un podcast. Corremos con música. Nos dormimos mirando videos. Hemos logrado algo extraordinario: ya casi nunca estamos solos con nuestros pensamientos.
Qué paradoja. Nos preocupa que nuestros hijos se aburran, cuando el aburrimiento es, muchas veces, la puerta de entrada a la imaginación. Nos incomodan los silencios, cuando el cerebro los necesita para hacer algunos de sus trabajos más importantes. Sin esos momentos de pausa, las ideas no decantan. Las experiencias no terminan de acomodarse. Los aprendizajes no se integran. El silencio no es un vacío. Es el espacio donde el cerebro ordena el ruido.
El verdadero desafío en tiempos de inteligencia artificial
Por eso me preocupa cuando escucho que el gran desafío de esta época es convivir con la inteligencia artificial. Creo que el desafío es mucho más profundo. Es recuperar nuestra atención. Es volver a entrenar la capacidad de permanecer. De sostener una idea. De leer un libro sin mirar el celular. De escuchar una conversación completa. De caminar sin llenar cada segundo con un estímulo.
La inteligencia artificial puede responder una pregunta en segundos. Pero el cerebro sigue necesitando tiempo para comprender de verdad una buena respuesta. Puede resumir un libro, pero no puede hacer por nosotros el trabajo silencioso de integrar una idea, cuestionarla, relacionarla con nuestra historia y convertirla en criterio.
Me gusta decir que la inteligencia artificial no está reemplazando nuestra inteligencia. Está poniendo a prueba nuestra capacidad de pensar. Y quizás ese sea el verdadero desafío educativo, profesional y humano de los próximos años.
Porque pensar nunca fue simplemente procesar información. Pensar siempre fue detenerse. Y tal vez el mayor acto de rebeldía del siglo XXI no sea desconectarse del mundo. Sea animarse a quedarse cinco minutos a solas con un pensamiento. Porque, al final, sin silencio no hay pensamiento.
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