Por Luz Mihanovich, directora general de Accenture Argentina.
La inteligencia artificial generativa llegó para acelerar una deuda histórica en muchas organizaciones: la modernización tecnológica. Durante años, las empresas —y en particular la banca— han avanzado por capas.
Primero modernizaron sus core, luego invirtieron fuertemente en canales digitales y, con ello, transformaron la relación con los clientes a través de apps y plataformas. Sin embargo, en muchos casos, esa modernización quedó a medio camino. Los sistemas centrales siguieron siendo rígidos, costosos de mantener y poco adaptables.
Hoy, la IA generativa abre una oportunidad concreta para abordar ese problema. A través de técnicas como el reverse engineering y el forward engineering, es posible reinterpretar sistemas legacy, entender su lógica y reconstruirlos sobre arquitecturas más modernas y flexibles.
En simple: no se trata solo de digitalizar lo existente, sino de rediseñarlo. Esto permite reducir tiempos de desarrollo, lanzar productos más rápido y responder con mayor agilidad a un mercado cada vez más competitivo.
Pero el verdadero valor no está en la tecnología en sí misma, sino en lo que habilita. La IA generativa permite construir organizaciones más dinámicas, capaces de generar nuevos ingresos, personalizar servicios y diferenciarse en ecosistemas donde la competencia ya no es solo local, sino global.
Un banco, por ejemplo, puede pasar de ofrecer productos estándar a diseñar soluciones financieras en tiempo real, ajustadas al perfil de cada cliente.
Ahora bien, la IA no es un fin, es un medio. Y uno de los errores más comunes es implementarla de forma aislada: en un área, en un piloto o como una iniciativa puntual. Para capturar su verdadero valor, es decir, el impulso del crecimiento del negocio, debe aplicarse de manera integral, de extremo a extremo. Esto implica repensar procesos, modelos operativos y, sobre todo, la cultura organizacional.
En este punto, el factor humano es determinante. La adopción responsable de la IA requiere equipos preparados, con criterio y capacidad de adaptación. Y con la llegada de la IA agéntica, este desafío se amplifica. Comenzaremos a trabajar con equipos híbridos, donde personas y agentes digitales colaboran en la toma de decisiones y ejecución de tareas. No es reemplazo, es complementariedad. El foco debe estar en potenciar el talento humano, no en sustituirlo.
Finalmente, todo esto ocurre en un contexto de incertidumbre permanente. Los líderes ya no son solo gestores, son arquitectos del cambio. Deben ser flexibles para adaptarse, valientes para tomar decisiones en escenarios incompletos y capaces de movilizar equipos diversos. Pero, sobre todo, deben desarrollar una capacidad que no se automatiza: la inteligencia humana. Empatía, cercanía, criterio.
Porque en la era de la inteligencia artificial, lo que realmente marcará la diferencia no será la tecnología que adoptemos, sino cómo lideramos a las personas que la utilizan.
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