La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la educación argentina ya no es un tema futurista: sucede hoy, en aulas que intentan adaptarse mientras docentes y familias debaten ventajas y riesgos.
Un nuevo informe del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la UADE, realizado junto a Voices!, pone cifras a esa conversación. El estudio, llamado “Educación e IA: riesgos y proyecciones”, basado en una encuesta nacional online de 1.028 casos, ponderada según datos del INDEC y realizada entre el 2 y el 14 de julio de 2025, revela un escenario dividido, donde la promesa tecnológica convive con desconfianza y alertas sobre equidad y habilidades cognitivas.
Optimismo y escepticismo en partes iguales
Cuando se les preguntó cómo impactó la IA en la calidad educativa, 44% de los argentinos cree que mejoró, mientras 35% considera que la empeoró y un 12% no percibe cambios. Los datos muestran una brecha generacional y social clara: el optimismo es mayor entre jóvenes de 16 a 29 años, hombres, sectores socioeconómicos altos y personas que trabajan; la mirada crítica crece entre adultos mayores y mujeres.

Esta polarización no es menor: el país parece debatirse entre quienes ven en la IA una oportunidad para modernizar la enseñanza y quienes temen que su uso sin control pueda deteriorar la experiencia de aprendizaje.
Beneficios que entusiasman: acceso, apoyo y menos burocracia
El principal beneficio percibido es que la IA permite acceder a contenidos educativos en cualquier momento (34%), seguido por la ayuda personalizada a estudiantes con dificultades (31%). También aparecen la reducción de tareas administrativas para docentes (20%), la motivación e interés renovado de los alumnos (19%) y la personalización del aprendizaje (18%).
Estas cifras sugieren que la sociedad ve a la IA no solo como una herramienta de innovación, sino también como una posible aliada para hacer más eficiente y humano el trabajo docente, liberando tiempo de gestión para dedicarlo a la enseñanza. Sin embargo, un 11% dice no encontrarle ningún beneficio concreto, un dato que alerta sobre la necesidad de comunicar mejor su potencial y aplicarlo de manera visible.

Riesgos que no pueden ignorarse
En el otro extremo, el 44% teme un deterioro cognitivo: la pérdida de habilidades de razonamiento y aprendizaje por depender demasiado de la tecnología. El miedo es especialmente alto entre mujeres (50%), personas con educación superior (53%) y sectores de nivel socioeconómico alto (54%).
Otros riesgos señalados incluyen la desigualdad en el acceso a la IA (32%), el posible reemplazo de docentes (28%), la falta de regulación (27%) y la privacidad de datos de estudiantes (22%). Los sesgos algorítmicos —la posibilidad de que los sistemas refuercen prejuicios— preocupan al 15%. Solo un 3% afirma no tener ninguna inquietud al respecto.
Estos datos revelan un temor transversal a perder el control humano sobre la enseñanza y a que la brecha tecnológica deje a estudiantes vulnerables aún más atrás.

Tecnología en el aula: ¿motor de aprendizaje o distracción?
El debate no es nuevo, pero la IA lo intensifica. Para el 44% de los encuestados, la incorporación de celulares, tablets y plataformas digitales ha tenido un efecto negativo en el aula, principalmente por distracciones y dependencia tecnológica. Un 33% considera que el impacto ha sido positivo, al facilitar recursos y participación; el 15% no ve cambios.
Esta tensión explica medidas recientes como la regulación del uso de celulares en las escuelas porteñas desde 2024, que buscan equilibrar la integración tecnológica con el desarrollo de habilidades cognitivas y sociales.
Infraestructura y costos: el gran cuello de botella
Más allá de percepciones, la encuesta expone un problema estructural: 46% identifica la infraestructura escolar deficiente como principal obstáculo para implementar IA; 38% señala el costo de las plataformas; 36% la falta de capacitación digital de docentes y 35% las dificultades de los propios estudiantes para usar tecnología avanzada.

Estos números confirman que sin inversión en conectividad y recursos, la IA puede quedar limitada a pocos colegios, ampliando la desigualdad en lugar de reducirla.
Brecha digital y riesgo de mayor desigualdad
La sociedad está alerta: 42% cree que la tecnología aumentó la desigualdad educativa, mientras solo 31% considera que la redujo y 17% no ve cambios. La preocupación es más alta entre mujeres, personas mayores de 65 años y habitantes del Gran Buenos Aires.
En un país con fuertes contrastes regionales y económicos, la IA podría convertirse en un acelerador de brechas si no se acompaña con políticas públicas que garanticen acceso y formación.

Presencialidad fuerte, pero apertura a modelos híbridos
Aunque la pandemia impulsó la educación digital, la preferencia sigue siendo clara: 54% prefiere la modalidad presencial, 34% se inclina por un modelo híbrido que combine aulas y recursos online, y solo 6% elegiría una educación completamente virtual.
La cifra confirma que la tecnología, incluida la IA, se piensa como complemento y no como reemplazo del aula física.
Capacitación docente: la condición innegociable
Si hay un punto de consenso, es este: 72% cree esencial formar a los docentes en IA (39% totalmente de acuerdo y 33% bastante de acuerdo). En los sectores de mayor nivel socioeconómico, el apoyo sube a 80%.
El mensaje es contundente: la aceptación social de la IA dependerá de que los maestros sepan usarla pedagógicamente y no como simple asistente automatizado. Al mismo tiempo, aunque 65% cree que la tecnología ayuda a estudiar mejor, un 77% advierte sobre riesgos para el pensamiento crítico y la resolución de problemas.

En otras palabras, la población no rechaza la IA, pero exige que se enseñe a usarla de forma inteligente, ética y con acompañamiento humano.
Los datos muestran que el país enfrenta un momento bisagra. Si la IA llega sin planificación, podría agravar desigualdades y generar dependencia cognitiva; si se implementa con inversión en infraestructura, regulación clara y formación docente, puede potenciar el aprendizaje y democratizar oportunidades.
En un contexto donde la educación argentina busca recuperarse tras la pandemia y adaptarse a nuevas demandas laborales, la IA aparece como una herramienta clave pero también como un desafío de política pública que excede a las escuelas.
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