Por Karin Tenenboim, LatAm Partner de Practical VC.
Cada semana leemos que una startup levantó capital: USD 2 millones, USD 30 millones, una valuación récord. Lo que casi nunca leemos es qué pasó con el dinero que entró hace cinco o diez años. Y eso es lo que define si en los próximos años va a seguir habiendo rondas para anunciar.
Durante los últimos años, gran parte de la conversación sobre venture capital en Argentina estuvo concentrada en cómo conseguir más capital para financiar nuevas compañías. Era lógico, porque el país necesitaba desarrollar fondos, atraer inversores y demostrar que desde la región podían surgir compañías de tecnología. Ahora esa conversación incorpora una nueva dimensión: qué sucede con el capital a medida que las inversiones maduran.
Un fondo de venture capital no invierte dinero propio. Capta dinero de terceros: individuos de alto patrimonio, family offices, bancos multilaterales. Elige compañías, las acompaña varios años y, cuando alguna se vende o sale a bolsa, les devuelve el capital y las ganancias. Es un ciclo que lleva más de diez años en promedio, y que necesita cerrarse para volver a empezar.
La liquidez de ayer es el capital semilla de hoy
Dicho de otro modo: el capital que va a financiar a las startups fundadas en 2029 depende de que los inversores de 2019 hayan recuperado el suyo. Cuando un fondo sale a levantar su vehículo siguiente, no le preguntan solamente cuánto valen las compañías del portfolio, sino cuánto capital ya devolvió. Una valuación es una promesa. Una transferencia es un hecho.
La industria de la tecnología y el emprendimiento necesita que los inversores obtengan liquidez para volver a entusiasmarse y apostar una vez más por una nueva generación de compañías. Por eso la falta de liquidez no castiga solo al inversor de hace una década, que ya hizo su apuesta, sino también al emprendedor que en 2029 va a golpear puertas que no se abrieron. La liquidez de ayer es el capital semilla de hoy.

Por qué cada vez cuesta más salir de una inversión
¿Y por qué son tan difíciles los retornos? Porque los relojes no coinciden. Las compañías tardan cada vez más en salir a bolsa o venderse: Amazon se listó tres años después de fundarse, Google seis, Facebook ocho, Uber diez, Airbnb doce.
La ventana para salir a bolsa, además, se abre y se cierra según las tasas de interés, el humor del mercado y el apetito de inversores que están a diez mil kilómetros. La otra salida clásica, que alguien compre la compañía entera, tampoco abunda: las operaciones grandes suelen depender de que aparezca un comprador internacional que decida mirar la región.
El mercado secundario como alternativa para generar liquidez
En el resto del mundo, ese desfasaje se resuelve parcialmente con algo que acá todavía es incipiente: el mercado secundario. En palabras sencillas, en una ronda tradicional el inversor compra acciones nuevas y la plata entra a la caja de la compañía. En una secundaria, en cambio, le compra acciones existentes a otro accionista: la empresa no recibe dinero, sino que cambia de manos una parte de la propiedad. Algo así como comprar un departamento en pozo a la desarrolladora, que sería la operación primaria, y comprar ese mismo departamento cinco años después a quien lo tiene, que sería la secundaria.
A medida que las compañías permanecen privadas durante más tiempo y crece la necesidad de generar liquidez, este mercado viene ganando cada vez más relevancia: en 2025, los secondaries movieron más de USD 100.000 millones, según datos de PitchBook.
Un mercado que complementa al venture capital tradicional
Ese crecimiento no reemplaza al venture capital tradicional, sino que amplía las posibilidades dentro de un mismo ciclo de inversión. El capital primario sigue siendo indispensable para financiar innovación y acompañar a las compañías nuevas.
Para el mercado inversor, además, esa maduración abre una oportunidad nueva. Invertir en los primeros años de una startup implica un nivel altísimo de incertidumbre: se apuesta a una idea y a un equipo, casi sin evidencia. Las transacciones secundarias, en cambio, suelen hacerse sobre compañías más avanzadas, con facturación, escala y años de historia que permiten evaluar mejor su capacidad de ejecución. El riesgo no desaparece, pero la decisión se toma con mucha más información y el horizonte hasta un eventual evento de liquidez puede ser más corto.
Según ARCAP, las compañías argentinas recibieron más de USD 2.500 millones en los últimos cinco años. El recorrido tuvo años de mayor y menor actividad, pero muestra una industria que logró acumular capital, experiencia y una nueva generación de compañías financiadas por inversión privada. La buena noticia es que este es un síntoma de madurez. Si hoy discutimos liquidez es porque antes se construyeron compañías que valen. Pasamos dos décadas construyendo grandes compañías y lo que viene es hacer que ese valor circule.
Aprendimos a invertir en innovación. Llegó la hora de innovar en cómo invertimos.
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