Por Cristina Rubio, HR Manager en ADITI Consulting.
El impulso por aumentar la participación de mujeres en la ciencia y la tecnología se ha convertido en una prioridad global. Durante años, distintas iniciativas promovieron el acceso y la presencia femenina en áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), con el objetivo de reducir brechas históricas y generar más oportunidades en la industria.
Sin desconocer la importancia de ese objetivo, el debate necesita ampliarse. En un contexto de transformación acelerada del mundo del trabajo, el foco ya no debería estar únicamente en qué carrera se estudia, sino en con qué mentalidad, habilidades y capacidad de adaptación se construye un recorrido profesional.
La formación técnica sigue siendo relevante, pero ya no es una condición excluyente para desarrollarse en la industria tecnológica. Hoy, las habilidades socioemocionales —como la comunicación, el pensamiento crítico, la adaptabilidad y el trabajo colaborativo— se consolidan como verdaderos diferenciales competitivos. A esto se suma una mirada de negocio, cada vez más necesaria para entender cómo la tecnología genera valor concreto en las organizaciones.

Este desajuste entre formación y demanda es evidente. Un informe de Adecco revela que 8 de cada 10 empresas no encuentran los perfiles que buscan, aun cuando el 40% de las personas ocupadas cuenta con título universitario. El dato expone una tensión clara: el mercado no solo busca conocimientos técnicos, sino capacidades que permitan aprender, adaptarse y trabajar en entornos complejos y cambiantes.
Muchas de estas competencias no se adquieren exclusivamente a través de una carrera universitaria tradicional. Cursos cortos, certificaciones, programas intensivos y la experiencia laboral permiten desarrollar habilidades técnicas y de negocio de forma progresiva. En tecnología, el aprendizaje dejó de ser una etapa inicial para convertirse en un proceso permanente a lo largo de toda la vida laboral.
En países como la Argentina, esto se traduce en trayectorias cada vez más diversas, donde profesionales altamente capacitados construyen su perfil combinando formación no tradicional, dominio del inglés y experiencia práctica. Desde esta perspectiva, el primer paso para cualquier mujer interesada en desarrollarse en tecnología es identificar sus propios puntos de mejora —técnicos, socioemocionales o de negocio— y asumir que todo puede entrenarse con constancia y actitud.

Si bien algunos roles requieren conocimientos específicos —quien aspire a ser desarrolladora deberá aprender a programar—, el sector ofrece hoy múltiples alternativas de formación que no responden a los modelos educativos clásicos.
El desafío, entonces, es colectivo. Las empresas deben diseñar programas de formación y contratación que valoren trayectorias diversas; el sector público necesita invertir en conectividad y capacitación accesible; y las instituciones educativas deben actualizar sus currículas. Solo así la promesa de una industria tecnológica más inclusiva dejará de ser un discurso para convertirse en una oportunidad real para más mujeres.
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