¿Qué pasa con los datos personales en Internet?

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Cada aplicación cuenta con sus propios procedimientos y lógicas. No obstante, cuando alguien entra a una página web, descarga automáticamente una serie de microprogramas conocidos como cookies, los cuales recaban información de la actividad online y la hacen llegar al propietario de la web visitada. De ahí que sea importante saber qué pasa con esos datos.

Gemma Galdon Clavell, socia fundadora y directora de Investigación en Eticas Research & Consulting.

Información como la matrícula de nuestro dispositivo, el tiempo y forma en que se utiliza un sitio concreto u otras páginas abiertas al mismo momento; visitas habituales y el uso que hacemos de la página de Internet, es sólo un poco de lo que se puede obtener al acceder a las cookies del equipo.

Gemma Galdon, doctora en Políticas Públicas y directora de Investigación en Eticas Research and Consulting, escribió para el diario español, El País, un artículo en el que destaca este tema y alerta que, además, es habitual que diferentes empresas paguen al sitio que visitamos para instalarnos sus propias cookies, como también lo es que la compañía utilice los datos no sólo para sus estudios internos, sino que los venda a terceros.

En realidad, asegura, cada vez que visitamos una página con la PC, el teléfono móvil o la tableta, recibimos decenas de peticiones de instalación de cookies. Somos, pues, el producto, porque a cambio de la información que obtenemos, proporcionamos detalles sobre nuestra actividad online y, a menudo, datos personales como nuestro nombre y ubicación, hábitos, tarjeta de crédito, etcétera, de los que no tenemos forma de controlar dónde acaban.

Ante esto, dice, el único recurso de autoprotección es o no aceptar cookies y renunciar al servicio, o borrarlas sistemáticamente de nuestro equipo, algo tan engorroso como limitadamente útil.

Facebook, una red social utilizada por más de mil millones de personas al mes, dispone de los datos que el usuario deposita voluntariamente en ella, pero también hace inferencias con base en nuestras interacciones con personas e información, las comparte con terceros y elabora un perfil único que le permite determinar qué aparece en nuestro muro, tanto por parte de nuestros amigos como de anunciantes.

Si, además, instalamos Facebook en nuestro teléfono móvil, junto con su aplicación de mensajería, el sistema podrá activar remotamente nuestra cámara o micrófono, acceder a nuestras fotografías y mensajes, etcétera, y así  perfeccionar nuestro perfil.

Otro ámbito en el que la obtención de datos es cada vez más relevante es el espacio público. Nuestro incauto deambular por las calles tiene cada vez menos de anónimo, y los sensores que leen los identificadores únicos y la geolocalización de nuestros dispositivos, las cámaras termales y de videovigilancia, las redes Wi-Fi, las farolas inteligentes o los sensores de lectura automática de matrículas nos incorporan de forma rutinaria a bases de datos públicas y privadas que en algún lugar le sirven a alguien para obtener un beneficio que ni conocemos ni controlamos.

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El ámbito doméstico es quizás el espacio donde el monitoreo de nuestros movimientos y rutinas para elaborar patrones vendibles aumenta de forma más preocupante: todos los electrodomésticos inteligentes, desde el contador de la luz al televisor, pasando por el refrigerador, construyen una red de extracción de datos que quiere perfeccionar la imagen de quiénes somos, qué queremos o qué podemos querer. El reto es ser capaz de adelantarse a nuestras necesidades para tentarnos a adquirir productos o servicios que aún no sabemos que deseamos. Pagamos, pues, dos veces: cuando adquirimos el electrodoméstico o abonamos el recibo de la luz, en pesos, y cada vez que le proporcionamos información, con datos personales.

Hay empresas que ya exploran la posibilidad de convertirse en data brokers de los ciudadanos, una especie de corredores de datos que gestionarían nuestra información devolviéndonos una parte del beneficio generado por ella, sin embargo, la economía de los datos es aún poco más que una promesa, de la que hasta ahora se benefician muy pocos actores (Facebook o Tuenti, Google, Foursquare, YouTube, etc.).

A algunos este escenario no les genera ninguna inquietud. Pagar con información propia abre también la puerta a la promesa de servicios personalizados y atención individualizada. No obstante, los corredores de datos no se limitan a cruzar detalles de lo que compramos, con quién interactuamos y qué nos gusta. Este comercio incluye también, y cada vez más, historiales médicos, datos fiscales y de renta o datos bancarios. El tipo de información que puede determinar si se nos concede un crédito, si se nos ofrece un seguro médico más o menos caro o si conseguimos un trabajo. De repente, el precio pagado con información personal emerge como algo totalmente desproporcionado e incontrolable”.

Al aceptar, concluye Gemma Galdon, nos convertirnos en el producto, pues conviene no olvidar que aprobamos también que se nos aparte del juego, escondidos o ignorados porque nuestro perfil no aporta la solvencia, salud u obediencia esperada.

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