Por Ivana Morassutti, Ecosystem Country Leader de IBM Chile
A lo largo de mis 27 años en la industria tecnológica he participado de varias entrevistas cada vez que se acerca el 8 de marzo, y las preguntas suelen ser parecidas: cómo es ser mujer y trabajar en tecnología, qué falta para que haya más mujeres, qué pueden hacer las empresas para acortar la brecha. Y durante mucho tiempo mis respuestas también giraron en torno a lo mismo: abrir puertas, generar oportunidades y demostrar que las mujeres tenemos talento de sobra para liderar, innovar y transformar esta industria.
Sin embargo, este año la reflexión nace desde otro lugar.
Quizás porque dentro de pocos días cumplo 50 años. Y los 50 tienen algo curioso: te invitan a mirar hacia atrás, pero también te obligan a pensar con más claridad en lo que viene. Cuando repaso mi camino de casi tres décadas en tecnología, veo cuánto ha cambiado el mundo digital, pero también cuánto ha evolucionado la conversación sobre la presencia de las mujeres en esta industria.
Durante muchos años, el foco estuvo —con razón— en entrar. En demostrar que las mujeres podíamos ser ingenieras, programadoras, ejecutivas, líderes en tecnología. En ganar espacio en una industria históricamente dominada por hombres. Esa conversación fue necesaria. Y todavía lo es en muchos espacios.
Hoy siento que debemos ir un paso más allá.
Porque ya no estamos hablando de un sector de la economía más. Estamos hablando de la industria que está diseñando el futuro. La inteligencia artificial, los datos, la automatización, la nube, la ciberseguridad. La tecnología define cada vez más cómo trabajamos, cómo aprendemos, cómo nos relacionamos y cómo se organizan nuestras sociedades.
Por eso la pregunta ya no debería ser únicamente cuántas mujeres trabajan en tecnología, sino preguntarnos quién está diseñando el mundo digital en el que vamos a vivir.
Cuando miro a mi alrededor, veo algo que me entusiasma: nuevas generaciones de mujeres, una de ellas mi hija de 18 años, que no sólo quieren participar como espectadoras sino como creadoras de tecnología con propósito. Mujeres liderando startups, investigando en inteligencia artificial y diseñando soluciones que transforman industrias y ecosistemas completos. Mujeres que no están esperando el permiso de alguien para entrar a la conversación.
Y eso cambia todo.
Porque sumar distintas voces y experiencias no es solo un tema de representación. Es un tema de mejor innovación. Cuando trabajamos con personas que ven el mundo desde lugares diferentes, la tecnología que construimos es más integral, versátil y, sobre todo, más humana.
En mi rol dentro del ecosistema tecnológico he tenido el privilegio de trabajar con emprendedores, partners, startups y grandes organizaciones. Y cada vez estoy más convencida de algo: el futuro de la tecnología no se construye desde un solo lugar ni desde una sola mirada. Se construye en comunidad.
Por eso, más que hablar solo de inclusión, creo que hoy el desafío es construir ecosistemas tecnológicos donde más mujeres puedan crecer, liderar y crear. Donde la mentoría, la colaboración y la visibilidad sean parte natural del camino. Donde las nuevas generaciones encuentren referentes y oportunidades para imaginarse a sí mismas en esta industria.
Tal vez por eso esta vez lo vivo con una perspectiva diferente.
Porque cumplir 50 años no se siente como un punto de llegada. Se siente como una invitación a seguir construyendo, con más convicción y con una mirada más amplia sobre el impacto que quiero generar en un mundo más igualitario para las generaciones que vienen.
A lo largo de mi camino profesional aprendí que el futuro no ocurre por accidente.
El futuro se diseña.
Por eso, mi invitación es simple: no esperemos que nos den un lugar en la mesa. Construyamos la mesa.
Y cuando lo hagamos, asegurémonos de dejar espacio para las que vienen detrás.
Porque el futuro no se hereda. Se construye.
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