Existen diversos momentos en la historia donde los caminos se cruzan y generan un hito único e identificable claramente. A veces solo falta un hecho completamente abrumador o que involucre a todos como una pandemia para hacer notar que los caminos se cruzaron y generaron un nuevo punto de partida.
Las cartas vuelven al mazo, se mezclan y se vuelven a repartir. Algunos logran ver esto y entender el fenómeno, otros no lo entienden y están desorientados y otros debaten insistentemente para volver donde ya no se puede volver, el mundo cambió y tenemos que entenderlo.
Hablando de nosotros, Argentina tiene una particularidad importante que nos permitiría aprovechar esta situación a pleno: Disponemos —todavía y a pesar de todo— de un importante entramado científico-tecnológico, universidades con capacidad de generar capital humano, empresas de tecnología con un gran impulso propio y sobre todo la capacidad de adaptación de nuestra gente a todo tipo de tareas en forma rápida y eficiente.
Uno de los primeros debates es si queremos usar todo ese potencial para generar soluciones propias de alto valor agregado que generen recursos para el país o deseamos exportar el talento para que otros países lo transformen en valor agregado propio. Seguramente no es lo uno o lo otro, pero si las políticas públicas tendrán que encaminarse en un sentido claro y concreto.
Podemos tener grandes empresas que facturan millones de dólares pero que no dejan en el país productos propios de alto valor agregado o encaminarnos a ser proveedores de conocimiento propio con patentes argentinas y nuestro propio sello.
Pero hay algo más que no tiene que ver directamente con el conocimiento que es la revolución de los afectos.
Esta Pandemia a muchas personas le permitió entender lo que realmente es importante y lo que es secundario. A los argentinos nos pegó mucho más duro en este sentido, somos “amigueros”, nos abrazamos y besamos cuando nos saludamos, compartimos el mate, compartimos los asados, nos gusta celebrar la amistad y encontrarnos, también somos “familieros” y necesitamos estar cerca de los nuestros y saber que están bien, abrazarlos una y otra vez.
Esto se nota en los trabajos en equipo donde se mezclan los conocimientos con los afectos, en ese terreno tenemos una ventaja importante que deberíamos desarrollar y profundizar.
Tal vez lo que nos cuesta más es ser un gran equipo como Nación, esta es una tarea que ojalá podamos construir a partir de este momento particular, aunque me cuesta creerlo viendo lo que sucede.
Tal vez podamos repetir la foto de todos sentados a una misma mesa, pero ya no solo para dar pelea al Covid-19 sino para enfatizar nuestros propios puntos de convergencia.
Hace falta crear una nueva era de convivencia humana y del conocimiento puesto al servicio de tener una gran Nación.
¿Podremos entenderlo y hacerlo?
Yo apuesto a ganador
Por Gustavo Segnini – Mayo 2020









